UNA ADICIÓN SIN PRECIO – EL AMIGO

 

Son muchos los que hoy día, han llegado a experimentar en parte la soledad y melancolía que produce estar separados de nuestros progenitores y el resto de nuestra familia, ya sea de manera permanente por muerte, o circunstancialmente, por motivos geográficos, etc. Sin embargo, cuando nos hemos hallado en tales circunstancias, hemos descubierto que Dios ha provisto “familia” para nosotros aún en esos momentos.

El Antiguo Testamento hace continuas referencias a la tragedia del que vive solo; de hecho, una de las bendiciones de Dios para su pueblo es que, al sentirnos desamparados, nos hace “habitar en familia” (Salmo 68:6a) y cuando nos sentimos estériles, nos rodea de “hijos” (Isaías 54:1). Resulta claro en ambos pasajes que Dios provee alternativas a la familia normal de la que muchos no pueden hoy disfrutar por diversos motivos. Y esa provisión divina viene en dos formas únicas pero complementarias:

a.  El sabio apunta hacia la confiabilidad del amigo en tiempos de angustia (Proverbios 17:17), un apoyo similar al de un hermano obviamente ausente. Tal fue el ejemplo de Jonatán y David. La amistad del primero en medio de la corte de Saúl, para con quien llegaría a ser rey de Israel, se convirtió no sólo en el colchón emocional para el joven guerrero (1 Samuel 18:1), sino que llegó a salvarle la vida (1 Samuel 20:41-42). Años más tarde, la amistad del anciano Husai para con el perseguido David, que se expresó concretamente en sus maniobras a favor del rey (2 Samuel 15:33-37), habría de contribuir a su restauración al reino. En aquellos momentos, la familia de sangre de David poco o nada hubiera podido hacer… pero Dios proveyó el apoyo mediante una adición que, en amor, Él hace a nuestras familias: nuestros amigos. Contrario a lo que muchos piensan hoy en torno a la amistad, ésta muchas veces habrá de importunarnos y afectar nuestra comodidad; de lo contrario, no hemos gustado la verdadera amistad. El proverbista llama a quienes deseamos tener amigos, a que estemos dispuestos a ser amigos de los demás (Proverbios 18:24) y cultivar la amistad comprobada de aquellos que nos han acompañado por tiempos (Proverbios 27:10a).

b.  El Nuevo Testamento describe a la comunidad de los santos como una familia (Gálatas 6:10b) formada por todos aquellos que compartimos la salvación de nuestro Señor. Y esta comunidad, que tiene su expresión concreta y particular en la iglesia local, está puesta por Dios para constituirse en parte de nuestra familia de este lado del cielo (Juan 15:9, 17:21; Hechos 4:32). Con esta comunidad compartimos no sólo elementos de fe sino también intereses comunes que trascienden la vida terrenal y que se proyectan hacia la eternidad con Dios. ¿Cuánto más deberemos estar dispuestos a abrazar a los miembros de tal comunidad como “amigos” que nos han sido regalados por un Dios siempre atento a nuestras necesidades más íntimas. Con ellos compartimos valores eternos que resultan foráneos a quienes no han gustado a Cristo, con ellos compartiremos la eternidad. Ojalá sepamos estrechar nuestros vínculos con “amigos” de la comunidad de la fe, gente que Dios ha preparado de antemano para cuidar de nosotros y apoyarnos en tiempo de necesidad, mientras nosotros reciprocamos según la guía del Señor.

Estemos más que dispuestos a abrazar los dones que Dios coloca en nuestras vidas para un mayor disfrute y aprovechamiento de nuestros días de este lado del cielo. ¡Adelante!

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