TENIENDO FAMILIAS SANTAS

 

Cuánta tristeza trae al corazón de Dios ver familias enteras, aun aquellas que han participado de la comunión de los santos, desmoronarse. Uno puede entender que aquellos que han rechazado a Dios exhiban problemas de desajuste familiar, pero cuando los mismos aparecen en familias creyentes, el problema se torna más doloroso. Tal vez el problema sea que Dios no hace acepción de personas en cuanto a sus instrucciones… y nos toca abrazarlas.

Son muchos los creyentes que ven los requisitos para obispos listados por el Apóstol sólo como eso: requisitos para un cargo. Lo que pasamos por alto es que todos los creyentes somos llamados al ministerio y todos debemos vivir de manera que traigamos gloria a Dios. Era de entre los creyentes de buen testimonio (las características listadas) que afirma Pablo, se deben escoger a quienes han de liderar la iglesia, por lo que podemos concluir que los requisitos listados por Pablo eran atribuibles y esperados en todo creyente. Hay dos requisitos que ponen énfasis particular sobre el entorno familiar del creyente. Pablo nos desafía a cada uno de nosotros a:

  1. Ser fieles a nuestros cónyuges (1 Timoteo 3:2a), lo que implica una relación monógama; no cabe duda que Dios rechaza toda posibilidad de adulterio siendo este violatorio de los votos matrimoniales (Éxodo 20:14). Pero también implica algo más que la simple formalidad de estar casado con una persona a la vez—lo que se pretende arreglar mediante el divorcio y el múltiple re-casamiento—cuando Dios declara que el matrimonio es para toda la vida (Mateo 19:6b). Esto último resultó revolucionario para una sociedad en que la mujer era vista en segundo plano y era comúnmente víctima de la carta de divorcio de un marido que pretendía una relación más conveniente (Mateo 19:3, 7-9). La fidelidad conyugal no consiste en la mera abstención de relaciones extramatrimoniales sino que se fundamenta en el corazón. Necesitamos serle fieles a nuestro cónyuge aun con nuestros pensamientos, los que Jesús identificó como el primer paso hacia el pecado (Mateo 5:27-28). Demos testimonio al mundo de que nuestro amor (gr: agapao), dado por Dios, nos capacita para mantener a flote y exitosos nuestros matrimonios aun cuando las cosas no salgan del todo bien. A final de cuentas, nosotros reconocemos que Dios ha permanecido fiel a pesar de nuestra infidelidad (2 Timoteo 2:13).

2.  Gobernar bien su casa (1 Timoteo 3:4), lo que implica que sepa no sólo liderar en la crianza de sus hijos sino también en la administración de todo lo que tiene que ver con el hogar. En primer lugar la crianza de los hijos debe necesariamente ser una misión compartida por ambos cónyuges y no delegada exclusivamente a la mujer. Nuestros hijos necesitan el ejemplo y corrección de ambos padres para ayudarles a moldear sus vidas en preparación para el futuro. Cuando uno de los padres falta, los hijos son puestos en desventaja ante la vida ya que no contarán con toda la formación necesaria. Por otro lado, todos los aspectos de la vida familiar necesitan ser administrados de manera que también coadyuven en la formación de los muchachos. Así, el manejo de las finanzas familiares, el trato del cónyuge, la manera en que resolvemos los conflictos, etc., habrán de servir como guía a nuestros hijos cuando les toque formar sus propios hogares.

Dios espera que aprendamos a recurrir a Él para obtener la gracia y el poder para poder vivir de manera que seamos testigos de su amor para con la comunidad en que vivimos. Atrevámonos y demos testimonio de su grandeza. ¡Adelante!

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