PROTEGIENDO AL MATRIMONIO

encuentroEl octavo mandamiento (Éxodo 20:14) puede parecer anacrónico ante la actitud licenciosa y libertina de nuestra sociedad moderna. Hoy, son muchos los “predicadores” de la libertad sexual y la búsqueda del placer individual a cualquier costo, bajo el manto de una pretendida responsabilidad personal. Pero lejos de tomar una posición legalista, Dios nos llama a salvaguardar nuestros mejores intereses, manteniendo las puertas abiertas a nuestra plena realización.

 Cuando el Señor planteó este mandamiento enfrentó la tendencia pecaminosa del ser humano a degradar el uso de su capacidad sexual utilizándola para propósitos inferiores a los especificados en el diseño divino para su disfrute dentro del matrimonio. El vocablo hebreo empleado en el mandamiento no sólo implica la infidelidad conyugal sino también todo tipo de inmoralidad y pecados sexuales. Es evidente que el diablo desea destruir nuestra capacidad de disfrutar de este don que Dios nos ha concedido para mucho más que la preservación de la raza humana (Génesis1:28a). Cada vez que nos dejamos engañar por el príncipe de este mundo estamos renunciando a la vida abundante prometida por Jesús (Juan 10:10a) y limitándonos a una caricatura de los planes divinos para nuestras vidas. Recordemos que Jesús identificó el pecado de adulterio desde su etapa embrionaria en el corazón (Mateo 5:27-28) porque, de no ser erradicado mediante el arrepentimiento y el perdón que nos ofrece (Salmo 32:5), habrá de concretarse en actos pecaminosos—lo que deja en evidencia el impacto de la pornografía ante los que argumentan que es sólo un deleite mental. En particular y entre otras cosas, al violentar este mandamiento:

1. Pecamos contra nuestros propios cuerpos llamados a ser templos del Espíritu Santo (1 Corintios 6:18-20), afectando seriamente toda potencialidad de una vida de intimidad, adoración y servicio efectivos a Dios. ¿Cuántas enfermedades nos han afectado no sólo a nosotros sino a nuestros cónyuges y aún a nuestra posteridad por no haber sabido mantener la santidad de nuestros cuerpos?

2. Comprometemos nuestra integridad, habiéndole dado lugar al diablo en nuestro estilo de vida (Efesios 4:27), por lo que nos resulta imposible saborear y gustar la vida en el Espíritu (Romanos 8:5-6). La culpa del pecado en nuestras conciencias nos lleva al envejecimiento y desgaste físico y emocional prematuros (Salmo 32:3-4).

3. Faltamos a nuestro cónyuge en nuestros votos matrimoniales, violentando de paso el pacto de mutua entrega y dedicación que no sólo contrajimos con ella (Efesios 5:25) sino también con Dios (Génesis 2:24). Esto se traduce en un ambiente familiar de desconfianza y una clara reducción de la intimidad conyugal.

4. Pervertimos el ejemplo que somos llamados a dar no sólo a nuestros hijos en cuanto a la sangre sino también a los que Dios ha colocado a nuestro alrededor para que les modelemos la vida del reino (Tito 2:7).

5. Finalmente, disminuimos nuestra capacidad de servir a Dios conforme a sus planes para nuestra vida (1 Timoteo 3:2a), habiéndonos gastado y malbaratado nuestros mejores años y el vigor de nuestra fuerza en agradarnos a nosotros mismos, convirtiéndonos en anti-testimonios de lo que Dios desea para nosotros.

 Mantengámonos en pureza sexual, reservándonos exclusivamente para nuestro cónyuge (ya sea actual o futuro) para que disfrutemos plenamente no sólo del matrimonio ordenado por Dios sino también de la vida abundante de satisfacción personal y servicio a Dios que nos ha prometido. ¡Adelante!

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