NUESTRA PUREZA SEXUAL

 

05 Aunque hoy al igual que en la sociedad contemporánea de Jesús, el pecador busca alternativas para dar rienda suelta a sus pasiones desordenadas en violación de los preceptos divinos, creyendo que al hacerlo obtiene mayor satisfacción y beneficio personales, la verdad es otra. Los preceptos divinos no son dados para limitarnos sino para bendecirnos y permitirnos disfrutar vidas balanceadas tanto nosotros como los que nos rodean. En ningún área es esto más evidente que en el de nuestra sexualidad, la que Dios nos desafía a mantener pura como fórmula segura para nuestro gozo y satisfacción.

El Señor aborda dos problemas típicos de una sociedad caracterizada por la promiscuidad sexual, siendo ambos expresión de lo mismo: el desbalance producido al permitir que nuestra “carne” (la tendencia humana a dar la espalda a Dios y sus propósitos) gobierne nuestra forma de vivir. Esta actitud, tarde o temprano, resulta en el desvío de nuestra sexualidad hacia una conducta instintiva, desprovista del genuino amor del que Dios planeó revestir toda relación sexual dentro del matrimonio.

1. El adulterio (Mateo 5:27-28), que implica “inmoralidad sexual”, tiene que ver con toda relación sexual fuera del matrimonio estén las partes involucradas casados con terceros o no, es condenado por nuestro Señor. Pero, aunque Jesús no esté igualando al pecado concebido y acariciado en nuestra mente con la consumación física del mismo (siendo que este último agrega daño contra el cuerpo—1 Corintios 6:18-20), sí plantea que como Dios mira el corazón, no podemos engañarle. El pecado mental no se produce al tentarnos el diablo con pensamientos morbosos, sino que se consuma sólo cuando de manera voluntaria, aceptamos el pensamiento como nuestro y damos rienda a la codicia, acariciándolo. Jesús utiliza el cuadro de la mutilación para ilustrarla cómo preferible a caer en el pecado de inmoralidad sexual (Mateo 5:29-30); nos muestra cuán detestable es el pecado ante Dios y cuán fuerte puede ser la atadura sexual al permitirle al diablo controlarnos a través de pasiones sexuales no sujetas a Dios dentro del orden divino.

 2. El Divorcio (Mateo 5:31-32), que fue una medida concedida por Moisés a causa de la dureza de corazón del pueblo (Mateo 19:8), no puede ni debe constituirse en permiso legal para vivir vidas licenciosas manteniendo una fachada de moralidad ante la sociedad. Dios nos deja saber que, a menos que existan causas realmente justificadas—tal como la infidelidad conyugal, Él no solamente rechaza el divorcio sino que imputa el cargo de inmoralidad sexual sobre los cónyuges que se divorcian por causas banales. Hoy día, son muchos los que recurren al divorcio—a veces con increíble regularidad—como cómoda fórmula para terminar una relación que ya no les resulta conveniente, dejando en evidencia tanto un marcado egoísmo personal como el rechazo del compromiso de por vida contraído con el compañero ante los ojos del Señor. Aunque esta práctica irresponsable era atribuida principalmente a los varones en el contexto de la sociedad patriarcal hebrea en la que Jesús desarrolló su ministerio terrenal, hoy necesitamos cuidarnos de ella tanto hombres como mujeres.

 Dispongamos nuestro corazón a someternos a los planes de Dios para nuestra sexualidad y disfrutemos de toda la bendición que dicha obediencia habrá de traernos tanto en esta vida—en compañerismo sano y edificante con nuestro cónyuge—como en la eternidad con Cristo.

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