LA REVELACIÓN DE DIOS, EN LA PERSONA DE JESÚS…YO SOY

 

Juan 18:1-7

José Calame – Pastor

Introducción
Jesús es digno de nuestra adoración y confianza.

El Contexto: Desde el capítulo 13 al 17 del Evangelio de Juan, Jesús tiene la última conversación con sus doce discípulos, en el contexto de la Cena de Pascua. Siendo que son las palabras finales, todo lo que ahí se encuentra, es de suma importancia. En el transcurso de la conversación, el texto bíblico afirma que los discípulos, poco a poco fueron descubriendo y entendiendo aquellas cosas que hasta el momento no comprendían. En Juan 16:25-33, es parte de ese diálogo, donde Jesús mismo afirma que hasta el momento, les había hablado de forma alegórica, pero llegará la hora en que claramente les hablará acerca del Padre (Jn.16:25). Salió del Padre, vino al mundo y regresa al Padre; los discípulos empiezan a entender con claridad las verdades espirituales que Jesús estaba transmitiendo (Jn.16:28-30). Esto es el ministerio del Espíritu Santo hasta hoy, revelarnos al Hijo, convenceros de pecado, de juicio y de justicia. Debemos con cuidado y reverencia acercarnos a las cosas de Dios, porque desea revelarse a nuestras vidas. ¿Ahora creéis? Responde Jesús. Y como parte de esa revelación, adelanta los acontecimientos en el futuro inmediato: serían esparcidos y lo dejarían sólo, pero sabía que el Padre estaba con Él, (Jn.16:32). Notemos cómo finaliza este segmento del dialogo: “Estas cosas os he hablado para que en mi tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad yo he vencido al mundo” (Jn.16:33). En otras palabras, el objetivo de la revelación no es para que se angustien, todo lo contrario, tengan paz. Deseo que sepan que yo sé todo lo que viene por delante, confíen, yo he vencido al mundo. Justo antes de ser traicionado y entregarse a sus adversarios, Jesús ora por ellos y por los que han de creer por el testimonio de ellos. Resulta muy interesante que esta reunión o celebración, justo antes de la hora más dramática para el grupo, fue terminada por Jesús con un tiempo de oración (Jn.17:1-26). Aún en medio de la situación más difícil, el mismo Jesús nos dio ejemplo, hay que orar.

La Escena: Una vez llegados a Getsemaní, Judas el traidor, se presenta guiando al grupo que arrestaría al Maestro. Sabiendo lo que venía por delante, Jesús se adelanta y pregunta a quién buscan, la respuesta fue: a Jesús nazareno. Ante la pregunta, Jesús responde “Yo soy”. Juan resalta el hecho que retrocedieron y cayeron a tierra. ¿Por qué cayeron? Como los otros “yo soy” que Juan hace referencia, este no es menos importante. Ellos preguntaron por Jesús nazareno, el hombre, el carpintero, el Maestro que anda haciendo milagros, pero que no pertenece al grupo exclusivo de los reconocidos maestros de los fariseos, preguntaron por el hombre a quien le tienen envidia y ha creado división entre los sacerdotes de la época. Preguntaron por el hombre de quien muchos atribuyen su poder a Satanás. Pero la respuesta, estuvo por encima de la pregunta. La respuesta aseguraba que: Yo soy el Dios verdadero, el Único y Sabio Dios, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. El Yo soy que cumple las promesas, el Yo soy que dijo que enviaría a Su Hijo y que cargaría el pecado del mundo (Is.53:1-6). Esto explica el impacto de Sus palabras sobre los soldados, que resultan deslumbrados por ese momentáneo destello del inherente poder de Dios. A ese Jesús, que, siendo Dios, hecho carne, para que se cumpliese lo dicho por los profetas, dejó Su trono de gloria y no se aferró a ser igual a Dios, sino que se despojó de Su deidad y vino, se hizo hombre y fue a la cruz por amor a nosotros. A este Jesús, Dios le exaltó hasta lo sumo, para que, ante Él, se doble toda rodilla en los cielos y en la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor (Fil.2:5-11).

Conclusión.
¿Adoraremos a Jesús en espíritu y en verdad?

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