ENTENDIENDO LA GRAN COMISIÓN

 

José Calame, Pastor.

 Mateo 28:16-20

Introducción:

Hoy es transcendental entender la Gran Comisión.

El Escenario. Como recordamos, los acontecimientos vividos en Jerusalén durante la celebración de esa particular fiesta de Pascua, estuvo marcada por acontecimientos singulares. Jesús entra a la ciudad de manera triunfante, luego de ejercer un ministerio poderoso de predicación, sanidades y discipulado por más de tres años (Mt.21:1-11; Mc.11:1-11; Lc.19:28-40; Jn.12:12-19). Días después, se sienta con sus discípulos a compartir sus últimas palabras (Jn. 13-17); existe una riqueza para afirmar la fe en esos capítulos. Finalmente, llega el día en que es tomado preso, enjuiciado, condenado y crucificado (Jn.18-19). Hasta que nos encontramos con la tumba vacía porque había resucitado (Mt.28:1-8).

Una serie de encuentros con el Cristo resucitado finaliza en un lugar de Galilea donde se despediría de ellos y les entregaría la encomienda o tarea final. Tres años atrás, había enviado a los doce y luego a los setenta en grupos de dos en dos a las aldeas y otras regiones con el fin de predicar acerca del Reino de los cielos, que se había hecho presente. Ahora, reunidos los once en medio de una actitud de adoración, los encomienda a ir a todo el mundo con el mismo mensaje haciendo de aquellos que creen y son bautizados, discípulos de Jesús.

Es muy importante rescatar que la Gran Comisión, se da en medio de un ambiente de adoración (Mt.28:17). Es evidente que la razón de esta actitud es el reconocimiento de estar frente al que había muerto y luego resucitado, aún podían ver las cicatrices de sus manos y su costado. El hecho de la resurrección es significativo, porque implica que cada palabra expresada, predicada, enseñada a solas o a las multitudes, cada una de ellas son verdad y vida. Seguramente, vienen a nuestra mente algunos pensamientos: si hubiéramos estado durante ese tiempo, no habríamos traicionado a Jesús o dudado de Él, o si hubiéramos visto u oído sus enseñanzas y prédicas, tendríamos fe suficiente. Pero Jesús dijo algo de ambos escenarios (Mt.13:16-17 y Jn.20:29); por lo tanto, nosotros que no le hemos visto físicamente, somos bienaventurados, porque creemos en Él.

Por Todo El Mundo: Habiendo muerto y resucitado, demostrando toda la autoridad y poder que le asiste, Jesús envía a sus discípulos para ir al mundo, haciendo de aquellos que aceptan el mensaje por fe, discípulos de Él. Por lo tanto, con Jesús, la justicia no consiste en la observancia de un código legal externo; el Maestro la redefine como aprender de Él a través de la Palabra y el Espíritu Santo. Ahora Él es el parámetro y no la Ley, a esta dinámica de continua enseñanza y transformación, se le conoce como discipulado. El verdadero discípulo requiere total consagración, sin distracciones ni acomodos. Por favor, notemos que el mandato es a ir; los discípulos salen a compartir el evangelio a toda etnia y a toda cultura y subcultura, en el lugar donde estamos, en el entorno y ambiente donde nos desenvolvemos, cada uno de ellos, son los lugares para realizar la tarea.  A estos nuevos discípulos, hay que enseñarles lo que Jesús enseñó y mandó (Mt.28:20). Luego entonces, los discípulos de Jesús, debemos reconocer públicamente nuestra alianza con Cristo por medio de la señal del bautismo en agua, que se administra bajo la autoridad del Dios trino.

Cada encuentro nuestro con Dios debe convertirse en un encuentro de adoración, porque Él es digno. Debemos estar abiertos para escuchar Su voz y tener un corazón de obediencia sumisa ante Su deseo. Algo similar le ocurrió a Isaías, cuando tuvo aquella visión de estar en el Salón del Trono y contemplar la Gloria de Dios (Is.6:1-13).

Conclusión.

¿Le adoraremos siendo obedientes en ir?

 

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