El valor divino de cada ser humano

Introducción

Es necesario valorar a la gente a nuestro lado

El ser humano. La palabra hebrea “adam” en su sentido general, no tiene nada que ver con masculinidad, sino más bien con humanidad.

Los versos del texto bíblico contienen una frase que es la piedra angular del entendimiento bíblico de la humanidad: imagen de Dios. La imagen de Dios se presenta principal y primordialmente en relación con un singular concepto social o comunitario de Dios. “Entonces dijo Dios (singular): Hagamos (plural) al hombre a nuestra (plural) imagen” Muchos estudiosos interpretan el uso, tanto del singular como del plural, como una alusión a la Trinidad: un Dios en una comunidad de personas.

Dios procede entonces a crear al hombre a su imagen, en ese trascendental momento, la Escritura señala un aspecto particular de la naturaleza humana; es decir, aquello que corresponde al aspecto social o comunitario de la naturaleza divina: Dios crea al ser humano como hombre y mujer; no como un individuo solitario, sino como dos personas. Sin embargo, al continuar nuestra lectura, descubrimos que los dos son, no obstante, “uno” Gn.2.24.

La “comunidad” que refleja la imagen de Dios es especial: la comunidad de una mujer y un hombre; porque cuando Dios eligió crear a la humanidad a su imagen, creó el matrimonio, una familia. La comunidad de la familia constituye un reflejo de la comunidad divina, ya que su identidad, vida y poder (dones, habilidades, cualidades, talentos) provienen de Dios.

Nuestro valor, responsabilidad y preponderancia. Al crear al ser humano, el Soberano del universo decidió delegar en la humanidad el señorío sobre la tierra, Gn.1.28. El poder y la autoridad humana para el ejercicio de este señorío se originan en el deseo divino de hacer a los seres humanos a su propia imagen y semejanza. La habilidad humana para regir la tierra descansará en su continua obediencia a la autoridad de Dios como Señor de la creación. De tal manera que Su poder para reinar en la vida dependerá de Su fidelidad a la hora de obedecer la Ley divina. De hecho, el inicio de la sabiduría es el temor a Dios y la necesidad de adquirir inteligencia, tienen la misma fuente, Pv.1.7; 4.7-8.

El ser humano es distinto al resto de la creación, el Consejo celestial, determinó que la humanidad habría de poseer la imagen y la semejanza divinas. Los seres humanos somos seres espirituales, no sólo cuerpo, sino también alma y espíritu. Somos seres morales, cuya inteligencia, percepción y determinación propia exceden las de cualquier otro ser creado. Estas propiedades que posee la humanidad y su prominencia en el orden de la creación, implican el valor intrínseco, no sólo de la familia de la humanidad, sino también el valor individual de cada ser humano.

La capacidad y la habilidad suponen una responsabilidad y una obligación. Nunca deberíamos conformarnos con vivir a un nivel más bajo del que Dios ha previsto para nuestra existencia. Debemos procurar ser lo mejor que podamos y alcanzar los más altos niveles en cada área del quehacer humano, teniendo en cuenta los principios divinos y no las reglas del orden humanista decadente. Hacer menos nos constituiría en siervos infieles de la vida que se nos ha confiado; entramos entonces al terreno de la mayordomía donde cada ser humano debe tener claridad. Somos mayordomos, en otras palabras, no somos dueños de los recursos, solamente administradores de los mismos, por lo cual, daremos cuenta de todo aquello que ha sido puesto en nuestras manos, Lc.16.1-13. Empezando por nuestras propias vidas, luego la de nuestros hijos e hijas y el resto de la familiar hasta cubrir a la familia extendida, incluyendo a la iglesia.

Conclusión. ¿Valoramos a los nuestros?

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