El regalo llamado “Madre”

EL REGALO LLAMADO “MADRE”

Aunque el Señor creó a la primera pareja del polvo de la tierra, decidió establecer el mecanismo de la procreación humana, utilizando a la mujer como instrumento para concebir y en el cual formar, nutrir y finalmente dar a luz cada nueva persona que llega a este mundo. Pero el ser “madre” trasciende la mera mecánica del embarazo y posterior alumbramiento. Tiene que ver con el desarrollo de una relación entre la criatura y la mujer que la lleva en su vientre que continúa una vez nacemos… una relación que juega un papel importante en nuestra formación y que representa otro regalo de parte de Dios para nosotros.

El Señor nos ha regalado a cada uno de nosotros un “ángel” que, desde que fuésemos concebidos, ha estado al tanto de cada movimiento nuestro. Y es que nuestra madre nos fue dada como un don divino para que aprendiésemos:

a. La preferencia del otro por encima de nosotros mismos (Filipenses 2:3-4). Esta enseñanza paulina encuentra un vívido ejemplo en la actitud que toda madre muestra y practica hacia su criatura. En el caso de Ana, resulta claro que ella supo poner los mejores intereses de Samuel por sobre los propios… dedicándolo de por vida al Señor (1 Samuel 1:28, 2:18-19), mientras que en el caso de Rebeca, aunque de manera imperfecta, estuvo dispuesta a renunciar a la compañía de su hijo (Génesis 27:43) con tal de que fuese partícipe y recibiese la bendición que, en derecho, le correspondía (Génesis 25:23). No cabe duda de que al igual que las mujeres de la Biblia, nuestras madres han estado dispuestas no sólo a preferir a sus hijos sino aun a sacrificarse por el bienestar de ellos. Como hijos, Dios nos ha dado con ello, un modelo a seguir… una ilustración práctica de lo que significa la entrega de nuestro Salvador por la humanidad caída (Juan 10:11) y el compromiso que el Apóstol nos llama a abrazar para con nuestros hermanos en la fe y la comunidad a la que hemos sido llamados a servir.

 b. En un mundo tan egoísta y competitivo como el nuestro, el amor y ternura de nuestras madres, aunque imperfectos y limitados, nos permiten apreciar un poco el amor sacrificial de Dios hacia nosotros (Juan 3:16). No se trata de un mero sentimiento, sino de una actitud que, buscando lo mejor para la otra persona, está dispuesta a afirmar tales intereses aun a pesar de las objeciones y aun el rechazo del ser amado. Jesús estuvo dispuesto a ir a la cruz, no sin antes pasar por la humillación del rechazo de los mismos dirigentes y pueblo que pretendían amar a Dios; no escatimó su propia vida para que la nuestra fuese librada (Filipenses 2:5-8). Es precisamente ese amor que nos brindó nuestra madre desde muy temprana edad, la que nos provee de un marco de referencia para no sólo dispensar amor a otros sino también recibirlo. Como quiera que no hicimos nada para merecer el amor recibido de nuestras madres… esto provee una ilustración, aunque también imperfecta, de la gracia divina (Efesios 2:8; 1 Corintios 15:10a).

Estaremos en deuda con nuestro Salvador y Señor no sólo por la vida que nos ha dado sino también por el precioso regalo de nuestras madres, sin las cuales, tendríamos gran dificultad en desarrollarnos en personas balanceadas y normales. ¡Alabemos a Dios por su infinita misericordia y sepamos ser agradecidos con nuestras madres!

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