El Gozo de ser Padres

EL GOZO DE SER PADRES

Aunque vivimos en un mundo desfigurado por el pecado, todavía podemos levantar la mirada hacia el Señor y gozarnos por sus ricas y abundantes bendiciones. Al celebrar a nuestros progenitores, es importante que sepamos enfocar agradecidos—tanto padres como hijos—en el maravilloso privilegio y desafío que representa el ser padres.

El salmista enfoca el corazón de Dios al revelarnos cómo es movido a compasión al estar al tanto de nuestra debilidad. Él reconoce que dejándonos solos no sólo no vamos muy lejos sino que estamos condenados al fracaso (Juan 15:5). La compasión no es lástima, es un sentimiento que, nacido de lo profundo de nuestro ser, se solidariza con el débil. Es una identificación tal que nos llama a tomar cartas en el asunto de manera concreta. Si el Señor desea que esta actitud sea exhibida en alguien en la tierra, es precisamente en cada uno de los que nos ha dado el privilegio de ser padres. Y es que, en pálido reflejo de los atributos divinos, cada uno de los padres de hoy, disfrutamos del privilegio de:

a. Traer al mundo a nuestros hijos, en asocio con nuestro cónyuge (Génesis 1:28a). El Señor nos desafía a que engendrar hijos sea una expresión sincera del amor y compromiso que sentimos hacia nuestras esposas (Efesios 5:25)… viendo a nuestros vástagos como frutos del amor compartido. El mejor ejemplo y guía que podremos dar a nuestros hijos es precisamente el amor que dispensamos a sus madres, evidenciando el alcance del ser una sola carne de acuerdo con los propósitos divinos (Efesios 5:31).

b. Sostener y cuidar a nuestros hijos, sabiendo trabajar duro para que podamos ofrecerle un hogar honrado en el que encuentren satisfechas sus necesidades básicas. Es nuestra responsabilidad primaria el llevar el sostén al hogar (1 Timoteo 5:8), aunque también puedan colaborar nuestras esposas en esa misión. Si bien es cierto que debemos esforzarnos en proveer económicamente para nuestra casa, también lo es el que debemos cuidar de nuestros hijos… lo que demanda una atención constante e íntima. No se trata únicamente de lo que nuestros hijos puedan pedirnos; se trata de lo que pueda perturbar sus corazones y que Dios esté dispuesto a revelarle a un corazón paterno sensible al Espíritu Santo.

c. Instruir y formar a nuestros hijos, reconociendo que es deber primario del padre, como cabeza del hogar (Efesios 5:23), moldear el carácter y personalidad de nuestros hijos. Pero reconozcamos que la instrucción no puede ni debe limitarse a una serie de discursos morales, sino que tiene que abarcar necesariamente, un modelaje en vivo y a todo color de nuestra parte (1 Timoteo 4:12; Tito 2:7). Esto significa que, hablando nuestras acciones más fuerte que nuestras palabras, necesitaremos vivir lo que predicamos con consistencia e integridad para que nuestros hijos puedan adoptar un estilo de vida consistente y que sepan que funciona.

d. Potenciar a nuestros hijos, discerniendo que habrán de enfrentar desafíos propios que nosotros jamás tuvimos y que sólo bajo la cobertura del Señor (Salmo 91:1), podrán resultar exitosos. Ayudemos a crear en cada uno de nuestros hijos la convicción de que Dios tiene un plan maravilloso para sus vidas y que sólo tomados de Su mano podrán llevarlo a cabo. Animémoslos a emprender grandes cosas en sus vidas familiares, profesionales, empresariales y ministeriales… a final de cuentas contarán con el respaldo de Dios.

Atrevámonos a gozarnos siendo padres… ¡es un privilegio divino! ¡Adelante!

 

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